Auteur/autrice : Lucía Herrera

Bizcocho de chocolate sin culpa

  Si has llegado aquí hoy, quiero hablar de la culpa. Esa sensación que aparece cuando comemos algo que creemos “no deberíamos” comer. Y hoy quiero decirte algo fundamental: ningún alimento merece que sientas culpa. No importa si tiene más grasa, más azúcar o más calorías. No hay comida “mala” por sí misma. Lo que importa es la relación que tenemos con la comida y cómo nos conecta con nuestras emociones y nuestro bienestar. Comer sin culpa: reconecta con tus emociones Aprender a disfrutar sin culpa significa: Escuchar tu cuerpo y tus señales de hambre y saciedad. Reconocer el placer como parte de la alimentación, no como un lujo prohibido. Reducir la ansiedad y la sensación de conflicto que aparece cuando comemos con miedo o culpa. Recuerda: el placer al comer no es enemigo de tu salud. Es esencial para establecer un equilibrio real y una buena relación con la comida. Haz tu receta favorita, tal como te apetece Si hoy tienes ganas de preparar tu bizcocho de chocolate favorito, hazlo. No necesitas versiones “light” o “saludables” para disfrutarlo. Lo importante es permitirte el disfrute completo y reconectar con la satisfacción que te da cocinar y comer aquello que amas. Cada bocado puede ser un recordatorio de que la comida es placer, conexión y cuidado, no culpa ni castigo. Lo importante es que este tipo de alimentos no desplacen el consumo de otros que de verdad nos nutren y nos permiten tener salud a corto y largo plazo. Por lo tanto, la clave aquí es tener una alimentación equilibrada y placentera dejando espacio para aquellos alimentos que nos aportan placer.  Claramente, si quieres buscar versiones más saludables, no hay problema. Lo importante es disfrutar de aquello que comes y no comer un postre sustituto que no te satisface realmente. Escuchar tus señales de hambre, comer despacio, saborear cada bocado y ver ese alimento como lo que es: un alimento y no un veneno o la causa de tu problema de peso, porque lo cierto es que no lo es. Una de mis recetas favoritas Si sientes que la ansiedad o la culpa por la comida te supera No tienes por qué hacerlo sola. Pedir ayuda profesional es un acto de cuidado y valentía. Como especialista en nutrición y TCA puedo acompañarte para que aprendas a disfrutar de la comida sin miedo, reducir la ansiedad y recuperar tu relación con la comida. Si necesitas apoyo, no dudes en contactarme. Juntas podemos trabajar para que la comida sea placer, no conflicto. Servicio de nutrición especializado Pide tu cita

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Les perturbateurs endocriniens : comment ils affectent vos hormones et votre microbiote

1. ¿Qué son los disruptores endocrinos? En consulta veo con frecuencia síntomas como cansancio persistente, reglas dolorosas o irregulares, problemas tiroideos, dificultad para perder peso, infertilidad, hinchazón abdominal o cambios de ánimo. Muchas veces, además del estrés y la alimentación, hay un factor silencioso implicado: los disruptores endocrinos. Cada vez hay más evidencia científica sobre su impacto, no solo en la salud metabólica y hormonal, sino también en la microbiota intestinal cuya alteración puede amplificar el desequilibrio hormonal. Los disruptores endocrinos son sustancias químicas, con una estructura similar a nuestras hormonas,  capaces de interferir en el sistema hormonal. Pueden: Imitar hormonas (como los estrógenos) Bloquear receptores hormonales Alterar su producción o eliminación. Modificar la sensibilidad de los tejidos a las señales hormonales El sistema endocrino regula procesos clave como metabolismo, fertilidad, ciclo menstrual, función tiroidea, estado de ánimo y respuesta al estrés. Por lo tanto, su alteración puede contribuir al desarrollo de enfermedades metabólicas, reproductivas, inmunológicas y neurológicas. Esto está respaldado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). 2. ¿Dónde se encuentran? Bisfenol A (BPA) y microplásticos presentes en envases de plástico especialmente expuestos al calor, reutilizados o rallados (tápers de plástico, botellas de plástico y comida preparada envasa). Las latas de conserva también presentan BPA en su revestimiento interior pero a día de hoy los enlatados están mucho más regulados y muchas empresas lo han retirado de sus latas. Parabenos, ftalatos, benzofenonas, fragancias sintéticas o triclosán presentes en cosméticos (cremas, champús, maquillaje…),  productos de higiene y limpieza del hogar.  Pesticidas y herbicidas presentes en la agricultura convencional, especialmente de frutos rojos, uvas y manzanas. Compuestos perfluorados (PFOS, PFOA) presente en sartenes antiadherentes ralladas o estropeadas. Micotoxinas: Ingerir alimentos contaminados con moho o tener humedades en casa con moho que liberan micotoxinas en el aire. Un contacto puntual no produce efectos en nuestro cuerpo, pero una exposición acumulativa y constante, sí. 3. ¿Qué impacto tiene en nuestra microbiota? La evidencia reciente muestra que estos compuestos actúan como modificadores del ecosistema intestinal. Se ha visto que una exposición continuada reduce la diversidad bacteriana de nuestra microbiota y puede afectar a la barrera intestinal aumentando la inflamación local (más riesgo de intolerancias, infecciones, alteraciones digestivas y hormonales). El intestino es también un órgano endocrino y detoxificador, que cuando su equilibrio se altera, también lo hace la regulación hormonal. 4. ¿Qué podemos hacer? Conocer que exponernos a estas sustancias nos puede afectar a largo plazo no significa obsesionarse, sino aprender a reducir su exposición de forma progresiva y realista. Empieza por alguno de estos pequeños cambios: Evitar calentar comida en plástico: Utiliza recipientes de vidrio. Reduce el uso de film en contacto con alimentos calientes.  Priorizar alimentos frescos y cocinar más en casa: reducir ultraprocesados envasados y comida preparada. Lavar bien frutas y verduras: Agua + fricción mecánica y pelar hortalizas y frutas no bio siempre que se pueda.  Utilizar cosméticos sellados como veganos o sin microplásticos y evitar aquellos con parabenos o perfumes en sus ingredientes. Utilizar botellas de acero inoxidable (agua de grifo o filtrada si son aguas muy duras). Ventilar la casa 5-10 minutos mañana y noche, y controlar plagas de moho. No ingerir frutas con moho o alimentos en mal estado. Utiliza productos de limpieza naturales (vinagre, bicarbonato de sodio, etc.) o productos ecológicos como marcas como Natulim, Frosh o Ecover.  Te dejo a continuación una marca que elabora productos de limpieza y del cuidado del hogar libre de microplásticos, sin químicos y de buena calidad con la que colaboro. Si es tu primera compra, llévate un 20% si resides en España o un 10% si resides en Alemania o Francia haciendo clic en el enlace: ES – 20% de descuento DE/FR – 10% de descuento Servicio de nutrición especializado Servicio de nutrición especializado

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Les graines de lin et de chia : bienfaits, comment les consommer et leur intérêt nutritionnel

Las semillas y los frutos secos forman parte de la base de la alimentación humana desde hace miles de años. Más allá de su valor energético, destacan por su alta densidad nutricional y por su capacidad para modular funciones clave del organismo, como la digestión, el metabolismo y el equilibrio hormonal. Las semillas de chía (Salvia hispanica) y de lino o linaza (Linum usitatissimum) son un ejemplo claro de cómo un alimento pequeño puede ayudarnos a alcanzar nuestros requerimientos nutricionales de forma sencilla con efectos fisiológicos añadidos.  1. Su composición: Más allá de la fibra A1. Perfil nutricional: Semillas de chía Alto contenido en fibra total (≈34 g/100 g) Rica en fibra soluble, responsable de su capacidad gelificante Fuente vegetal de omega-3 (ALA) Aporte relevante de calcio, magnesio, fósforo, hierro y zinc Polifenoles con acción antioxidante A2. Perfil nutricional: Semillas de lino Una de las mayores fuentes dietéticas de omega-3 (ALA) Fibra soluble e insoluble en proporción equilibrada Lignanos, fitoquímicos con actividad hormonal moduladora Vitaminas del grupo B y minerales como magnesio y potasio B. Fibra, microbiota y salud intestinal: el eje central El principal interés nutricional de la chía y el lino reside en su fibra, especialmente la soluble. Esta fibra actúa como sustrato fermentable para la microbiota intestinal, favoreciendo la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC), como el butirato con efectos antiinflamatorios. Los AGCC contribuyen a la integridad de la barrera intestinal, regulan la inflamación y participan en el metabolismo de la glucosa y los lípidos. C. Los mucílagos: reguladores del tránsito intestinal y protectores gástricos. Tanto la chía como el lino contienen mucílagos, un tipo de fibra soluble capaz de absorber agua y formar un gel viscoso. Este gel cumple varias funciones fisiológicas relevantes: A nivel intestinal Aumenta el volumen fecal y mejora el tránsito. Suaviza las heces, facilitando la evacuación. Ralentiza la absorción de glucosa y grasas. Contribuye a una mayor sensación de saciedad. A nivel de la mucosa digestiva Cuando las semillas se consumen bien hidratadas previamente, especialmente las semillas de chía, sus mucílagos forman un gel estable tipo pudin (a diferencia de las semillas de lino que forman un gel inestable) y ejerce un efecto emoliente y protector sobre la mucosa digestiva:  Recubren la mucosa gástrica e intestinal. Reducen la irritación digestiva. Favorecen la regeneración del epitelio. Actúan como protector gástrico natural en procesos leves. Este efecto resulta especialmente interesante en: gastritis leve o dispepsia funcional; sensación de ardor o acidez ocasional; inflamación digestiva de bajo grado; y síndrome de intestino irritable con estreñimiento. D. Lignanos y equilibrio hormonal El lino contiene un alto contenido en lignanos, compuestos que las bacterias de nuestro colon degradan en metabolitos llamados enterodiol y enterolactona, que presentan una estructura similar al estrógeno, pero con un acción mucho más débil. Por esta razón, puede modular la acción estrogénica al unirse a los receptores de estrógeno y ejercer una acción menor al estrógeno. Esto podría ayudar a reducir los efectos de un exceso de estrógeno en sangre, un factor asociado al desarrollo de endometriosis, miomas uterinos, síndrome de ovario poliquístico y síndrome premenstrual. Aunque los estudios en mujeres son limitados, la evidencia in vitro y en modelos animales sugiere que puede ejercer efectos moduladores sobre el metabolismo estrogénico mejorando la fertilidad y reduciendo síntomas asociados. Por otro lado, durante la menopausia se produce una caída marcada de los niveles de estrógenos y progesterona, lo que da lugar a los síntomas típicos de esta etapa, como los sofocos, alteraciones del estado de ánimo y cambios en la calidad de vida. En este contexto, el lino puede resultar de ayuda al producir la activación parcial de los receptores estrogénicos, contribuyendo a atenuar algunos síntomas de la menopausia. De hecho, ensayos clínicos en mujeres peri y posmenopáusicas han observado que el consumo regular de lino o de productos ricos en lignanos (10g/día) se asocia con una reducción de la gravedad de los síntomas menopáusicos y una mejora de la calidad de vida, aunque los resultados no son completamente consistentes entre estudios y el efecto es claramente más modesto que el de la terapia hormonal sustitutiva, pero sin efectos secundarios. La necesidad de la microbiota para convertir estos compuestos en otros beneficiosos, refuerza la idea de que el efecto de estas semillas no depende solo del alimento, sino también del estado de la microbiota de cada persona. 2. ¿Cómo preparlas para aprovechar sus beneficios? La forma de consumo es determinante para que estas semillas sean realmente beneficiosas a nivel nutricional y fisiológico. Las semillas enteras no pueden ser degradadas por nuestras enzimas digestivas, y aunque se hidratan posteriormente en el intestino, no hay tiempo suficiente para que se ablanden lo suficiente y se extraigan al máximos sus compuestos y nutrientes. Por esta razón, es importante o bien hidratarlas previamente o triturarlas y asegurar una hidratación adecuada.  Trituradas: mejor biodisponibilidad de omega-3 y lignanos. No consumir en seco sin añadir ninguna fuente de hidratación posterior (1 vaso de agua mínimo. Si no absorben suficiente agua pueden generar problemas digestivos y estreñimiento (haciendo tapón). Consumirlas trituradas e hidratadas es especialmente útil cuando hay presencia de heces blandas o diarrea. Hidratadas enteras o trituradas: ideales para aprovechar sus mucílagos y obtener un efecto protector digestivo. Deben hidratarse con el triple de agua en caso de la chía, y el doble de agua en caso del lino. Las semillas hidratadas o trituradas pueden añadirse a preparaciones como bizcochos, porridge, galletas o snacks, así como simplemente en el yogur con fruta. 3. ¿Cómo conservarlas? Semillas enterasLas semillas enteras pueden almacenarse en un recipiente hermético (ideal vidrio) en la despensa durante mucho tiempo, un año o incluso más. Semillas trituradasEs importante tener en cuenta que las semillas trituradas entran en contacto con el oxígeno, la luz y el calor y algunos componentes sensibles como el omega-3 se degradan mucho más rápido, así como otros compuestos como los lignanos. Por esta razón, es importante conservar las semillas trituradas en un recipiente hermético y en la nevera durante 3-4

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Régimes pour perdre du poids : quand peuvent-ils devenir dangereux ?

Enero llega cargado de nuevos propósitos: empezar a cuidarse, hacer más ejercicio, comer “mejor”… y, para muchas personas, perder peso. Tras las fiestas, las redes se llenan de retos, dietas milagro y promesas de cambios rápidos. Todo parece girar en torno a “volver a controlarse” y “compensar excesos”. Pero aquí viene la pregunta importante: ¿a qué precio? La presión por adelgazar rápido hace que muchas personas recurran a dietas extremas sin saber que pueden estar dañando su metabolismo, su digestión y su relación con la comida. Por eso, como dietista nutricionista especializada en pérdida de peso y trastornos del comportamiento alimentario,  hoy quiero hablarte con sinceridad y base científica sobre cuándo una dieta para perder peso puede ser un peligro y qué alternativas existen para cuidarte de verdad, sin castigos ni extremos. Tipos de dietas peligrosas A. Monodietas Las monodietas se basan en consumir prácticamente un solo alimento o grupo de alimentos durante varios días, por ejemplo «la dieta de la piña», «la dieta de la alcachofa», «la dieta de la manzana», «la dieta del huevo» y un sin fin de dietas milagrosas.  Aunque al inicio puede haber una bajada rápida de peso, esta pérdida se debe sobre todo a la pérdida de líquidos y masa muscular, no de grasa. La mayoría de estas dietas suelen ser bajas en carbohidratos, por lo que nuestras reservas de glucosa a nivel hepático y muscular, llamadas glucógeno, se consumen sin reposición. Para almacenar glucosa en forma de glucógeno, que no grasa, se utilizan 4g de agua por cada molécula de glucógeno, por lo tanto, la pérdida de peso inicial, realmente son esos 4g de agua por cada molécula de glucógeno. Si se mantiene ese ritmo, cuando falta demasiada energía, el cuerpo empieza a utilizar también masa muscular, el cual pesa más que la grasa, y en la báscula se refleja como una gran pérdida de peso en poco tiempo.  Principales riesgos: Déficits de vitaminas y minerales esenciales Falta de proteínas y grasas saludables Cansancio extremo, mareos, debilidad Alteraciones digestivas Efecto rebote muy frecuente Además, no enseñan a comer ni a crear hábitos. Cuando se abandonan, el peso suele recuperarse rápidamente.  B. Dietas muy bajas en calorías Aunque estas dietas aportan más variedad de frutas, verduras y proteínas, la realidad es que las dietas menores de 1500 kcal, no cubren nuestras necesidades micronutricionales y a largo plazo, más de 4 semanas, un déficit nutricional puede alterar nuestras hormonas, alterar nuestra microbiota y empeorar nuestro metabolismo, fertilidad y digestión. Las dietas muy bajas en calorías normalmente se reconocen cuando se pasa bastante hambre entre comidas en los primeros días. El cuerpo ya nos manda una señal de que este no es el camino adecuado. No obstante, si seguimos comiendo poco, el cuerpo entiende que esto va para largo y entra en modo supervivencia, ralentizando tu metabolismo para ahorrar energía. Esto da como consecuencia una pérdida de peso inicial rápida y una fase de estancamiento. Por otro lado, esta falta de energía, aumenta el cortisol en sangre, la hormona del estrés, que mantenida en el tiempo, puede alterar la secreción de progesterona y alterar la microbiota, teniendo consecuencias directas y negativas en la fertilidad, la inflamación, el sistema inmune y el control del peso. C. Dietas detox Este tipo de dietas se caracterizan en «limpiar y detoxificar el organismo» a base de zumos verdes y alimentación basada en vegetales que potencian la función hepática encargada de eliminar toxinas. Suelen ser muy bajas en calorías y bajas en proteínas.  Este tipo de dietas parecen necesarias después de las navidades, fiestas, bodas o comilonas, pero realmente, lo único que necesita tu cuerpo es volver a la normalidad, comer saludable y regularse de nuevo. No necesitas seguir ninguna dieta detox para recuperar tu bienestar.  Y aunque incluir verduras y zumos verdes puede aportar beneficios a nuestra salud, ya que son ricos en nutrientes clave que apoyan la función hepática, estos no pueden sustituir a otros grupos de alimentos esenciales. Las verduras no deben desplazar a las grasas saludables, las proteínas ni a los carbohidratos complejos (como cereales integrales y legumbres), ya que hacerlo vuelve a poner en riesgo nuestro equilibrio nutricional y nuestra salud general. D. Ayunos o saltarse comidas para «compensar» Muchas personas recurren a saltarse comidas tras haber comido “de más” el día anterior. Sin embargo, este patrón puede generar un círculo vicioso: restricción → hambre intensa → atracón → culpa → restricción. Problemas asociados: Desregulación del hambre y la saciedad Mayor obsesión con la comida Estrés metabólico Alteraciones digestivas Mayor dificultad para perder peso a largo plazo Más que escuchar al cuerpo, se entra en una dinámica de castigo. Totalmente desaconsejado si existen antecedentes de Trastorno con el Comportamiento Alimentario (TCA) o mala relación con la comida.  ¿Qué tienen en común estas dietas? No son sostenibles en el tiempo No enseñan a alimentarse Generan miedo a ciertos alimentos Provocan culpa Aumentan la obsesión Priorizan el peso frente a la salud Cuando la dieta termina, el problema reaparece. Y muchas personas entran en un bucle de “dieta tras dieta” durante años. ¿Cómo deberíamos entender la alimentación? La alimentación no debería ser una lucha constante ni debería basarse en: prohibiciones control extremo reglas rígidas números en la báscula Sino en: Un estilo de vida Flexible Adaptado a cada persona Que cuide la digestión El metabolismo El equilibrio hormonal El bienestar emocional La nutrición y el peso no son solo calorías. También influyen el estrés, el descanso, el movimiento, las emociones y la salud intestinal. Todo está conectado. Restringir alimentos, tener un menú muy cerrado y contar calorías puede producir ansiedad con la comida, frustración, malestar emocional y una mala relación con los alimentos y con el cuerpo.  Si quieres perder peso de manera saludable sin dañar tu salud a largo plazo, no dudes en pedir asesoramiento nutricional y reservar una cita conmigo. Servicio de nutrición especializado Pide tu cita

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Anxiété alimentaire : symptômes, causes et comment la gérer

¿Alguna vez has sentido esa necesidad de comer algo específico y acabas comiéndolo rápido y con cierta ansiedad, en más cantidad de la que esperabas y con dificultad para parar? Quizás después aparece la culpa, una sensación de plenitud incómoda… o ambas. Cuando esto se repite con frecuencia queremos gestionar la situación y esto nos acaba generando más ansiedad por comer alimentos específicos. La ansiedad por comer es más común de lo que parece. Y aunque se ha normalizado, no es algo que debamos ignorar. Si te ocurre con frecuencia, puede afectar tanto a tu salud digestiva como a tu peso y autoestima. Sin ir más lejos, yo también pasé por esta situación durante la carrera universitaria, en mi caso fue con el pan, la crema de cacahuete y la mermelada. Podía estar pensando en ellas a lo largo del día. Cuando finalmente las comía, lo hacía con ansiedad, disfrutando solo los primeros minutos, y luego me invadía una mezcla de malestar físico y emocional. A día de hoy, he sanado mi relación con esos alimentos. No fue de un día para otro, pero lo logré entendiendo la raíz del problema, gestionándolo de forma consciente y desde el amor hacia mí misma. En este artículo, vamos a entender por qué ocurre, qué la desencadena y cómo gestionarla desde un enfoque integral. 1. ¿Qué es la ansiedad por comer? La ansiedad por comer no es simplemente «hambre» o «gula». Es una sensación de urgencia por comer, especialmente ciertos alimentos (normalmente hiperpalatables como dulces, pan, snacks, fiambres, etc.), y cuando comemos no hay un disfrute real o consciencia de comerlo sino más bien comemos desconectados. Generalmente, no está motivada por una necesidad física real de energía, sino por una mezcla de factores emocionales, neuroquímicos y fisiológicos. Los síntomas más comunes de comer con ansiedad son: Dificultad para concentrase debido a pensamientos de comida. Esto puede ocurrir tanto en eventos sociales cuando estamos expuestos a comida o cuando estamos realizando otra actividad que requiere concentración como estar trabajando.  Comer rápido y generalmente en exceso.  Puede empezar por hambre extrema o hambre emocional, pero se termina comiendo en exceso y sin hambre. Dificultad para parar incluso estando llena/o. Culpa o remordimiento posterior. Sensación de hinchazón o malestar digestivo. 2. ¿Por qué no puedo parar de comer? Cuando entendemos por qué se desencadena esa ansiedad y emociones es mucho más fácil de gestionar. Por lo tanto, es primordial identificar cuál es la causa de esa sobreingesta. A continuación, te explico que puede estar detrás de esa alimentación compulsiva. A. Emociones Es muy común que ciertas emociones como aburrimiento, estrés laboral o familiar, tristeza, odio hacia uno mismo, o insatisfacción con nuestra vida, pueda iniciar ese comer ansioso [1]. La ansiedad siempre es un reflejo de que algo no va bien y no lo estamos gestionando de forma eficiente.   En estos momentos, el cuerpo no busca alimento por necesidad fisiológica, sino por una necesidad emocional no resuelta. Esto es lo que se conoce como «hambre emocional», y a diferencia del hambre fisiológica no aparece de forma progresiva. Cuando experimentamos esas emociones, nuestro cerebro activa el sistema de alerta. Se libera cortisol, la hormona del estrés, que entre otras cosas, puede aumentar el apetito y el deseo de alimentos altos en azúcar, grasas o sal. Estos alimentos no son elegidos al azar: generan un efecto placentero inmediato, aunque de corta duración. Al comer esos alimentos, libera neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, sustancias químicas que generan sensaciones de bienestar y placer. Por ejemplo: Dopamina: Se asocia con la recompensa. Se libera al comer algo sabroso, lo que refuerza la conducta y hace que queramos repetirla. Serotonina: Regula el estado de ánimo, el sueño y el apetito. Algunos alimentos ricos en triptófano (como el plátano, la avena o el chocolate negro) favorecen su producción. Este efecto tranquilizante momentáneo puede llevarnos a pensar que “la comida calma”, y en parte es cierto… pero se trata de un alivio superficial si no trabajamos las emociones que están en la raíz del malestar. En este sentido, la comida funciona como un parche temporal. Por eso, es importante disponer de otras herramientas para gestionar las emociones —especialmente cuando son recurrentes o afectan a nuestra autoestima y salud—, como escribir, hablar con alguien de confianza, meditar, salir a caminar, hacer ejercicio, realizar una actividad placentera o acudir a terapia psicológica. Lo fundamental es comprender que comer puede ser una herramienta válida siempre que se utilice de manera puntual y consciente. De este modo, podremos comer con mayor tranquilidad, disfrutar realmente del alimento y detenernos cuando nos sintamos satisfechos. B. Mala relación con la comida y el cuerpo La desinformación sobre alimentación, junto con ciertos entornos sociales o familiares que promueven creencias como “para adelgazar hay que comer menos”, “este alimento engorda” o “este alimento es malo”, en lugar de fomentar un estilo de vida saludable y equilibrado, puede deteriorar profundamente nuestra relación con la comida. Cuando empezamos a ver ciertos alimentos como prohibidos o malos, se acentúa el deseo de consumirlos y se puede iniciar un ciclo de sobreingesta, seguido por culpabilidad o conductas compensatorias, como restricciones alimentarias o ejercicio. Este patrón se vuelve un círculo vicioso difícil de romper. Por otro lado, vivimos en una sociedad donde la delgadez extrema y la perfección estética —sin arrugas, sin papada, sin acné, sin vello, con nariz pequeña, medidas ideales, cabello perfecto— son premiadas y el sobrepeso o cualquier “imperfección” corporal es juzgada, ridiculizada o invisibilizada. Esto hace cada vez más difícil construir una relación sana con nuestro cuerpo. El diálogo interno puede volverse crítico, exigente e incluso cruel, saboteando nuestra autoestima. La insatisfacción corporal no solo daña la percepción que tenemos de nosotros mismos, sino que también puede llevarnos a conductas alimentarias desreguladas, como comer más cantidad – «bueno, ya me va a sentar mal, que más da», «Bueno, ya me he pasado, que más da» -, hacer ayunos prolongados o reducción de ingesta calórica, utilizadas como castigo por haber comido “de más”. C.

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"Vous faites attention à votre alimentation mais vous ne perdez pas de poids ? Voici quelques raisons possibles."

¿Sientes que llevas una alimentación equilibrada, haces ejercicio y aún así no logras ver cambios en tu cuerpo? Esta situación genera una gran frustración en muchas personas y, lejos de ser una cuestión de voluntad o de hacerlo «mejor», puede deberse a causas fisiológicas, hormonales o emocionales más profundas. Como nutricionista, veo a menudo este patrón en consulta: personas comprometidas con su bienestar, pero que sienten que su cuerpo no responde como esperan. Y aquí está la verdad: nuestro cuerpo no funciona como una calculadora de calorías, y hay muchos factores que pueden influir en la pérdida de grasa y qué debemos atender.  1. Hipotiroidismo o desequilibrios hormonales La tiroides regula funciones clave como el metabolismo, la temperatura corporal y la energía. Cuando esta glándula no produce suficientes hormonas tiroideas (hipotiroidismo), el cuerpo reduce su gasto energético, aumenta la retención de líquidos y puede aparecer fatiga, estreñimiento o sensación de frío. Aunque el hipotiroidismo clínico se detecta con análisis específicos (TSH, T3, T4), existe también una disfunción subclínica en la que los valores aún están dentro del rango, pero los síntomas están presentes. En mujeres es especialmente frecuente, y puede estar influido por el estrés, la inflamación y deficiencias nutricionales (como yodo, vitamina D, zinc, selenio o hierro). Si sospechas que puede ser tu caso, es importante revisar con un profesional no solo los valores estándar, sino también los síntomas, deficiencias e historia clínica. 2. Inflamación intestinal y disbiosis Nuestra microbiota intestinal está formada por multitudes de cepas bacterianas con funciones diferentes y con un impacto directo en nuestra salud general. Nuestras bacterias intestinales no solo digieren alimentos y producen nutrientes: también regulan el sistema inmune, producen neurotransmisores y modulan el metabolismo.  Cuando hay una alteración en la microbiota intestinal (disbiosis), las bacterias beneficiosas disminuyen y predominan microorganismos que generan inflamación, gases, mala absorción y permeabilidad intestinal («intestino permeable»). Las causas más frecuentes de disbiosis son: Uso recurrente de antibióticos o antiácidos. Estrés crónico y alteraciones del sistema nervioso. Alimentación pobre en fibra, baja en proteína y rica en ultraprocesados y/o carbohidratos. Consumo excesivo de alcohol. Falta de diversidad en la alimentación (dietas monótonas). Esta situación puede contribuir a la inflamación sistémica de bajo grado, aumentar la resistencia a la insulina, alterar las señales de saciedad y favorecer el almacenamiento de grasa abdominal. Además, puede afectar a tu estado de ánimo, ya que gran parte de la serotonina se produce en el intestino. 3. Estrés crónico y trastornos de ansiedad El estrés no solo te afecta a nivel mental: es un estado fisiológico complejo, regulado principalmente por el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HHS). Cuando vives en un estado de alerta constante, tu cuerpo segrega más cortisol, una hormona que puede: elevar la glucosa en sangre y por ende la insulina favoreciendo la acumulación de grasa (especialmente en la zona abdominal); reducir la calidad del sueño y afectar al apetito. El estrés sostenido afecta también a la tiroides, disminuye la secreción de hormonas sexuales, altera el ciclo menstrual y debilita el sistema inmune. Además, modifica el equilibrio de la microbiota intestinal, dificultando la digestión, la absorción de nutrientes y el metabolismo general. Muchas personas con trastornos de ansiedad viven en un estado permanente de estrés, aunque no siempre sean conscientes de ello. Este tipo de ansiedad mantenida puede provocar síntomas físicos como tensión muscular, problemas del sueño, problemas digestivos o fatiga crónica (fatiga mental), que influyen directamente en la dificultad para perder peso. Si a esto le sumamos que muchas personas con ansiedad tienden a calmar esa emoción a través de los alimentos sin escuchar sus señales de hambre y saciedad, el resultado es un círculo vicioso que dificulta la pérdida de peso y aumenta el malestar emocional. 4. Dietas demasiado restrictivas Si has probado mil y una dieta restrictiva como «la dieta de la piña» o «la dieta de la alcachofa» déjame decirte que lo único que has conseguido es probablemente estar mal nutrida, perder líquidos, músculo y grasa que se traduce en una pérdida rápida en la báscula. Aunque parezca irónico, comer demasiado poco puede hacernos engordar a largo plazo. Esto se debe principalmente a que cuando «matamos al cuerpo de hambre», nuestro cuerpo no es capaz de diferenciar una dieta de una hambruna. De esta manera, cuando detecta una ingesta muy baja en energía, activa mecanismos de supervivencia: Disminuye nuestro gasto energético: Imagina que tu cuerpo es como un móvil, si lo cargamos al día solo hasta el 40% es probable que si no encendemos el modo ahorro acabará por apagarse. Nuestro cuerpo hace lo mismo «Bueno, si me das menos calorías, me tocará recortar por algún lado (menor formación de hormonas, proteínas, menor frecuencia cardiaca, etc.).». A largo plazo, esto es un problema ya que lo que conseguimos que nuestro cuerpo necesite menos calorías para funcionar y a nivel social y emocional, comer poco no es precisamente algo factible. Prioriza el almacenamiento de grasa: Imagina ahora tu cuerpo como un viajero perdido en un desierto sin saber cuando volverá a encontrar comida. En lugar de gastar toda la comida que ha encontrado, consume lo mínimo y guarda lo que tiene para más adelante. De la misma forma, tu cuerpo almacena gran parte de la energía que recibe en forma de grasa, que es el combustible más eficiente y duradero.  Además, una dieta muy restrictiva puede producir a largo plazo déficit micronutricionales que pueden acabar afectando a la función tiroidea, cardiaca y hepática. Empeorando en muchos casos el propio metabolismo. También se asocian a un mayor riesgo de atracones, ansiedad con la comida, pérdida de masa muscular y alteración en las señales de hambre y saciedad. Por esta razón, mi enfoque como nutricionista es nutrir al cuerpo sin restringir en exceso ni ser agresivos. Enseñar al cuerpo a confiar de nuevo y salir del modo de alerta constante. No dudes en consultar un profesional de la nutrición si sientes que tu salud y metabolismo están comprometidos. 5. Alimentación saludable pero no adaptada a ti. Es importante entender que para

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Tout ce que vous devez savoir sur le syndrome de l'intestin

"Si vous avez cherché des phrases comme "J'ai mal au ventre après avoir mangé, est-ce normal ?" ou "J'ai des gaz toute la journée, que puis-je faire ?", vous avez peut-être entendu parler du syndrome de l'intestin irritable (SII). Mais qu'est-ce que c'est exactement ? Et surtout, peut-on le guérir ou l'améliorer ? Qu'est-ce que le syndrome de l'intestin irritable ? Le SII est un trouble digestif fonctionnel, ce qui signifie qu'il n'y a pas de lésion visible du système digestif, mais qu'il y a une perturbation de son fonctionnement. Il se caractérise par la présence d'une douleur ou d'une gêne abdominale associée à des changements dans la fréquence ou la consistance des selles. Il s'agit d'un diagnostic d'exclusion, c'est-à-dire que pour qu'un médecin pose le diagnostic, il faut d'abord exclure d'autres maladies digestives telles que la maladie cœliaque, les maladies inflammatoires de l'intestin ou le SIBO. Quels sont les symptômes ? L'expérience est différente d'une personne à l'autre, mais les symptômes les plus courants sont les suivants Ballonnement abdominal (sensation d'explosion du ventre après avoir mangé). Des douleurs ou des crampes dans l'abdomen qui s'améliorent ou s'aggravent avec l'évacuation des selles. Alternance de périodes de constipation et de périodes de diarrhée. Sensation de vidange incomplète après avoir été aux toilettes. Flatulences et/ou éructations excessives. Fatigue, anxiété et même brouillard mental. Quelles sont les causes ? Il n'existe pas de cause unique au syndrome de l'intestin irritable, mais les facteurs déclenchants les plus courants sont les suivants : L'alimentation : une alimentation riche en aliments ultra-transformés (pâtisseries, biscuits, céréales, snacks salés, etc.) et/ou en graisses saturées (viandes très grasses comme le bacon, les côtelettes, le boudin noir, la sobrassada, le pâté, les saucisses, etc.) peut altérer la composition de notre microbiote, augmentant ainsi notre prédisposition à développer cette pathologie digestive. Un stress important dans notre vie quotidienne : Notre intestin et notre cerveau sont reliés par l'axe intestin-cerveau, donc tout ce qui affecte notre cerveau peut avoir des répercussions sur notre intestin et vice-versa. Cela peut se traduire par une modification du microbiote et une altération de la motilité et de la sensibilité de l'intestin. C'est pourquoi les troubles psychologiques tels que les troubles anxieux constituent souvent un facteur prédisposant. Cycle menstruel : les hormones influencent également notre transit intestinal. Par exemple, peu avant les règles, la chute du taux de progestérone (qui stimule les contractions musculaires intestinales) peut accroître les symptômes de la diarrhée ou faciliter l'évacuation en cas de constipation. Modification du microbiote intestinal : des preuves scientifiques montrent que les patients atteints du syndrome de l'intestin irritable présentent une proportion plus élevée de bactéries pro-inflammatoires (telles que les Firmicutes) et une réduction des bactéries anti-inflammatoires (telles que Lactobacillus et Bifidobacterium). Cela pourrait expliquer la sensibilité digestive et l'inflammation de faible intensité associées au syndrome de l'intestin irritable. Comment le syndrome de l'intestin irritable est-il diagnostiqué ? Le diagnostic du syndrome de l'intestin irritable repose sur les critères de Rome IV, qui stipulent que vous devez souffrir de douleurs abdominales récurrentes au moins une fois par semaine au cours des trois derniers mois, ainsi que de troubles du transit intestinal (diarrhée, constipation ou les deux). Avant d'en arriver à ce diagnostic, il est essentiel d'éliminer d'autres pathologies digestives avec lesquelles elle peut être confondue, au moyen d'examens tels que : - Test de la maladie cœliaque (anticorps anti-transglutaminase dans le sang) - Test respiratoire (pour éliminer les intolérances alimentaires : lactose et fructose) - Test SIBO (prolifération bactérienne dans l'intestin grêle) - Tests sanguins pour éliminer les maladies endocriniennes. - Analyse des selles pour exclure une hyperperméabilité intestinale et une maladie inflammatoire de l'intestin. - Coloscopie en cas de signes avant-coureurs tels que la présence de sang dans les selles ou autres. Dois-je vraiment passer tous les tests ? Certains tests peuvent être coûteux et ne sont pas toujours pris en charge par les services de santé publique ou les assurances. Cependant, il n'est souvent pas nécessaire de les faire tous. Une évaluation correcte et une stratégie nutritionnelle bien pensée permettent d'écarter efficacement d'autres diagnostics sans avoir à dépenser pour des tests inutiles, et de réaliser les tests les plus appropriés, tels que les tests SIBO, les analyses de sang et les analyses de selles. Traitement du syndrome de l'intestin irritable : comment atténuer les symptômes ? Il n'existe pas de "remède miracle", mais la bonne nouvelle est que le syndrome de l'intestin irritable peut être géré avec la bonne stratégie. En fait, de nombreux patients reviennent à la normale et retrouvent leur fonction digestive. 1) Nutrition personnalisée Il ne s'agit pas d'éliminer des aliments insensés, mais d'identifier ce qui vous affecte. Voici quelques changements clés : Régime pauvre en FODMAP : stratégie basée sur la suppression temporaire de certains glucides fermentescibles et leur réintroduction progressive. Certaines personnes n'ont pas besoin d'autant de restrictions, il convient donc d'être prudent. Améliorer la composition du microbiote intestinal une fois que la fonction digestive s'est améliorée. Contrôlez les fibres : un excès de fibres peut aggraver les ballonnements et les gaz. Buvez suffisamment d'eau : la déshydratation aggrave la constipation. Bien mastiquer et manger lentement : c'est la clé pour éviter l'ingestion d'air, réduire les ballonnements, diminuer le stress et éviter la perturbation de l'axe intestin-cerveau. 2) Réduction du stress Comme indiqué plus haut, le stress peut déclencher des symptômes, de sorte que des stratégies telles que l'exercice, le yoga ou la respiration diaphragmatique peuvent faire la différence. Il est scientifiquement prouvé que l'exercice par intervalles de haute intensité (HIIT) à court terme peut contribuer à améliorer les symptômes. 3) Soutien professionnel Essayer de gérer le syndrome de l'intestin irritable sans conseils peut être frustrant. Travailler avec un nutritionniste spécialisé vous aidera à trouver ce qui vous convient sans vous imposer trop de restrictions, à structurer vos repas, à améliorer votre état nutritionnel et votre qualité de vie. Si vous avez l'impression que votre système digestif ne fonctionne pas bien depuis un certain temps et que vous n'arrivez pas à le remettre sur les rails, la première chose à faire est de demander l'aide d'un professionnel. Le syndrome de l'intestin irritable peut être grandement amélioré grâce à une stratégie adaptée. Si vous ne savez pas par où commencer et que vous avez besoin d'aide pour votre alimentation, écrivez-moi ou visitez mon site web ! Ensemble, nous pourrons trouver la meilleure solution pour vous. 

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Comment améliorer notre digestion ?

Il vous est sûrement arrivé plus d'une fois de prendre un repas normal, pas trop copieux, et de ressentir, une fois le repas terminé, un inconfort digestif tel que des ballonnements, des crampes, des éructations, des brûlures d'estomac ou une digestion longue et inconfortable de plus de 6 heures. Parfois, vous avez même l'impression que tout ce que vous mangez vous rend malade. Si cela vous semble familier, vous n'êtes pas seul. Le système digestif est complexe et de nombreux facteurs interviennent, de ce que vous mangez à la manière dont vous mangez et au moment où vous mangez. Si vous avez une routine désordonnée, si vous mangez à des heures bizarres ou si vous ne donnez pas à votre corps le temps de digérer correctement, votre digestion peut en souffrir. Mais ne vous inquiétez pas, voici trois conseils qui peuvent vous aider à améliorer votre digestion de manière simple et efficace. Trois clés pour améliorer votre digestion Nº1 - Donnez une pause à votre digestion Si vous êtes de ceux qui grignotent constamment ou qui mangent toutes les deux heures, votre système digestif n'a pas le temps de terminer une digestion avant d'en commencer une autre. Cela peut entraîner des ballonnements, des gaz et une digestion lourde. L'idéal est de prendre trois ou quatre repas bien structurés, en laissant suffisamment de temps entre les deux pour permettre à l'appareil digestif de faire son travail sans interruption. Cette pause entre les repas permet à l'intestin de faire une sorte de "nettoyage", en activant le complexe moteur migratoire, qui aide à déplacer les débris alimentaires et prévient les problèmes tels que la prolifération des bactéries de l'intestin grêle (SIBO). Si vous avez toujours le ventre ballonné, essayez d'espacer vos repas et de donner une pause à votre digestion. N° 2 - Respectez des horaires de repas réguliers Vous mangez souvent à des heures inhabituelles ou vous sautez des repas ? Cela peut vous affecter plus que vous ne le pensez. Notre système digestif suit des rythmes biologiques et est programmé pour fonctionner au mieux lorsque nous suivons une routine. Si vous mangez à une heure différente chaque jour, les sécrétions gastriques et les enzymes digestives peuvent ne plus être coordonnées, ce qui rend la digestion moins efficace et entraîne des désagréments tels que le reflux, les brûlures d'estomac ou une digestion lente. Pensez-y : lorsque vous mangez tous les jours à la même heure, votre estomac se prépare en libérant des sucs gastriques avant l'arrivée des aliments, ce qui optimise l'ensemble du processus. Essayez donc d'adopter un horaire régulier et donnez à votre système digestif la possibilité de travailler plus efficacement. N° 3 - Mâchez plus et plus calmement Parfois, nous mangeons à la hâte, presque sans remarquer ce qu'il y a dans notre assiette. Pourtant, la digestion commence dans la bouche, et bien mâcher est essentiel pour faciliter l'ensemble du processus digestif. Plus la nourriture est mâchée avant d'atteindre l'estomac, moins les sucs gastriques et l'intestin doivent faire d'efforts pour la décomposer. En outre, le fait de mâcher lentement et consciemment active le système nerveux parasympathique, responsable de la digestion et de la relaxation. Si vous mangez dans un état de stress ou d'anxiété, votre corps passe en "mode alerte" et la digestion ralentit, ce qui peut entraîner des désagréments tels que des ballonnements, des gaz et des lourdeurs. Gardez à l'esprit que dans une situation de stress réelle ou imaginaire, la digestion est la chose la moins importante. Prenez donc votre temps pour manger, sans vous laisser distraire. Mâchez chaque bouchée jusqu'à ce que la nourriture soit bien décomposée. Respirez profondément et détendez-vous avant de commencer à manger. Ce petit changement peut faire une grande différence dans la façon dont vous vous sentez après chaque repas. Conclusion Si vous voulez vous sentir plus léger après les repas et éviter cette sensation de ballonnement ou de lourdeur, essayez ces trois habitudes : laissez votre système digestif se reposer entre les repas, mangez à des heures régulières et mâchez davantage et calmement. Votre digestion vous remerciera en vous procurant moins d'inconfort, une meilleure absorption des nutriments et plus d'énergie dans votre vie quotidienne. ATTENTION : Si vous souffrez d'une pathologie digestive, ces changements ne seront probablement pas suffisants. Dans ce cas, il est nécessaire de prendre en compte le type d'aliments et les quantités que vous consommez, ce qui est différent pour chaque personne. N'hésitez donc pas à me contacter si vous avez besoin de conseils et de traitements, je serai heureuse de vous accompagner dans vos démarches ! 😊

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Démystifier : 3 mythes sur le pain

Le pain fait-il grossir ? Le pain est l'un des aliments les plus controversés en matière d'alimentation, et plus particulièrement lorsqu'il s'agit d'objectifs de perte de poids. Vous avez probablement entendu des phrases telles que : "Si vous voulez perdre du poids, supprimez le pain" ou "Le pain fait grossir". Mais qu'en est-il réellement ? Aujourd'hui, je souhaite vous aider à démystifier ce mythe à l'aide d'informations scientifiques. Le pain seul ne fait pas grossir. Prendre ou perdre du poids dépend de l'équilibre énergétique, c'est-à-dire des calories que vous consommez par rapport à celles que vous dépensez au cours de la journée. Aucun aliment, y compris le pain, n'a la capacité de faire grossir en soi. Ce qui compte, c'est le contexte global de votre alimentation et de votre mode de vie. D'autre part, si nous parlons de "faire grossir" en termes de kcal par 100 g, le pain contient environ 250-280 kcal par 100 g. Le pain contient environ 250-280 kcal par 100g, ce qui, si on le compare à des aliments gras (fromages affinés, noix ou huile d'olive) ou à des aliments ultra-transformés (pommes de terre, pâtisseries, saucisses), représente presque la moitié des kcal. Le problème n'est pas le pain, mais les quantités : Manger trop de pain peut déséquilibrer l'apport calorique journalier. Par exemple, si vous mangez du pain à tous vos repas, peut-être devriez-vous envisager d'augmenter la variété des céréales dans votre journée en incluant du quinoa, du riz, des tubercules comme la pomme de terre, le manioc ou la patate douce, des pâtes ou des pains fabriqués à partir d'autres céréales que le blé, comme le seigle, l'épeautre, etc. L'accompagnement : Si vous tartinez le pain avec du beurre, de la crème de cacao ou des saucisses grasses, l'apport calorique sera beaucoup plus élevé. Cela vous rassasiera et vous évitera de consommer plus de kcal que nécessaire. Le pain est-il inflammatoire ? Cette question est de plus en plus souvent posée par des personnes qui ont souffert ou souffrent de pathologies digestives dues à un déséquilibre du microbiote, à un stress chronique, à une intolérance alimentaire, à des muqueuses abîmées ou à d'autres causes. Dans ces cas, elles ont raison de penser que le pain peut aggraver l'inflammation. En cas de pathologie digestive, le pain, surtout s'il contient du gluten, peut être problématique, et en cas d'intolérance ou de sensibilité au gluten, l'inflammation peut être encore plus importante. MAIS, si vous avez un microbiote sain et que votre digestion est normale, le pain, dans le cadre d'une alimentation équilibrée, n'est pas inflammatoire en soi. Il est vrai que les pains de blé d'aujourd'hui n'ont plus rien à voir avec ceux d'autrefois. On utilise aujourd'hui des farines très raffinées qui apportent moins de nutriments. Cela ne signifie pas pour autant que le pain est nocif dans tous les contextes. Dans le cadre d'une alimentation saine et variée, le pain ne provoque pas de ballonnements ni d'augmentation incontrôlée de la glycémie, surtout s'il est associé à des aliments riches en protéines, en graisses saines et en fibres (comme les fruits), qui ralentissent son absorption. Le pain est-il mauvais pour la santé ? Cette affirmation est alarmiste et surtout fausse. Il n'existe pas de preuves scientifiques suffisantes pour démontrer que le pain a des effets négatifs sur la santé. Le problème n'est pas le pain lui-même, mais le contexte de notre alimentation. Nous vivons dans un monde où notre alimentation est de plus en plus industrialisée, et de nombreuses personnes consomment du pain en excès, ainsi que d'autres aliments transformés riches en graisses néfastes pour la santé. Cette habitude peut entraîner une augmentation des calories quotidiennes consommées, ce qui, à long terme, peut conduire à l'obésité et aux maladies associées. D'où le mythe selon lequel "le pain est mauvais" ou "le pain fait grossir". En réalité, ce n'est pas le pain qui est nocif, mais la combinaison d'un régime alimentaire déséquilibré et d'un mode de vie malsain et sédentaire. Le pain, qu'il soit fabriqué à partir de blé ou d'autres céréales, n'est pas nocif pour la santé lorsqu'il est consommé avec modération et dans le cadre d'une alimentation équilibrée. Cependant, il est important de ne pas abuser du blé. Mon conseil : variez les céréales que vous consommez. Incluez dans votre alimentation des alternatives telles que l'avoine, le seigle, le sarrasin, l'épeautre ou le maïs. Pourquoi ? Parce qu'une consommation excessive de blé seul pendant de longues périodes peut affecter votre microbiote intestinal, ce qui peut à son tour affecter votre santé générale et votre poids. En résumé : le pain n'est pas l'ennemi. Ce qui compte vraiment, c'est la qualité du pain : donnez la priorité aux pains complets dans votre routine quotidienne, car ils sont plus riches en fibres et en nutriments. S'il précède un exercice cardiovasculaire de haute intensité de plus d'une heure (course à pied, vélo, aviron, etc.), un pain plus raffiné peut être une bonne option pour un apport rapide d'énergie. Quantité : Consommez le pain avec modération, en l'adaptant à vos besoins et en ne dépassant pas votre apport calorique journalier. Si vous n'êtes pas familier avec cela, consultez un professionnel de la nutrition pour qu'il vous guide dans vos besoins. Le contexte de votre alimentation : veillez à ce que le pain fasse partie d'une alimentation équilibrée et variée, accompagnée d'autres aliments sains tels que des protéines, des graisses saines et des légumes en quantité suffisante. En bref, la variété et la modération sont essentielles. Le pain ne doit pas disparaître de votre vie, tant qu'il n'y a pas de pathologie digestive associée. 

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Votre image corporelle influence votre objectif de perte de graisse

Avez-vous entendu parler de l'image corporelle ? Il ne s'agit pas seulement de notre apparence physique, mais aussi de ce que nous ressentons à l'égard de notre corps et de la relation que nous entretenons avec lui. La relation que nous développons avec notre apparence peut directement influencer nos résultats en matière de perte de graisse. Lorsque nous n'acceptons pas notre corps, c'est-à-dire lorsque nous avons des pensées négatives à son égard, telles que "comme je suis moche", "quelles grosses jambes", "comme mes vêtements me vont mal", "quel ventre dégoûtant"... cela vous rappelle quelque chose ? Nous entrons alors dans un cycle de frustration et d'autocritique. Cela génère un état de stress constant qui, bien que nous ne le remarquions pas toujours, affecte notre corps au niveau physiologique. L'un des principaux effets du stress est la libération de cortisol, l'hormone du stress. Lorsque cette hormone est présente jour après jour en grande quantité, elle a des conséquences qui nous empêchent de perdre du poids : Accroissement de l'accumulation de graisse, en particulier dans la région abdominale : cela se produit parce que le cortisol favorise le stockage des graisses et que, étant dans un état de stress constant, notre corps a tendance à accumuler plus de graisses comme réponse de survie. Augmentation de l'appétit et des fringales : dans les situations de stress, nous avons tendance à rechercher des aliments riches en sucres et en graisses, ce qui nous amène à consommer plus de calories que notre corps n'en a besoin. Cela crée un cycle difficile à briser, car plus nous mangeons par anxiété, plus il devient difficile d'atteindre nos objectifs de santé. Diminution de la qualité du sommeil : le stress affecte également notre capacité à nous reposer suffisamment, ce qui peut entraîner une baisse d'énergie et de motivation pour maintenir un mode de vie sain. Altération de notre microbiote intestinal : les bactéries bénéfiques présentes dans notre intestin peuvent être affectées par le stress, ce qui peut avoir des conséquences telles qu'une baisse du système de défense, une altération du métabolisme, une augmentation de l'inflammation de bas grade dans notre corps et d'éventuels symptômes digestifs. En résumé, le rejet de notre image corporelle n'affecte pas seulement notre santé mentale, mais met aussi notre corps en état d'alerte permanent, ce qui rend la perte de graisse plus difficile. Stratégies pour améliorer votre relation avec votre corps Si vous êtes arrivé jusqu'ici, vous savez qu'il est essentiel et nécessaire de travailler sur l'acceptation de l'image corporelle au cours de votre cheminement vers une vie plus saine pour réduire le stress et atteindre vos objectifs. Cela peut sembler impossible parce que vous avez ces pensées depuis longtemps, mais croyez-moi, cela peut se faire petit à petit. Voici quelques stratégies sur lesquelles vous pouvez travailler : Repensez votre relation avec votre corps : au lieu de vous concentrer sur les choses que vous n'aimez pas, commencez à apprécier ce que votre corps fait pour vous chaque jour. Par exemple, vos jambes vous permettent de vous déplacer, vos bras vous permettent de faire des câlins et vos mains vous permettent d'effectuer des activités. Réduire l'autocritique : essayez de remarquer quand vous commencez à être dur avec vous-même. Lorsque vous le remarquez, remplacez ces pensées par des pensées plus gentilles ou plus neutres. Par exemple, au lieu de dire "je n'aime pas mon ventre", vous pouvez dire "je m'efforce de devenir plus fort et en meilleure santé". Se détacher des idéaux irréalistes : les médias sociaux et les médias promeuvent souvent des corps irréalistes et édulcorés. Limitez votre exposition à ce type de contenu et concentrez-vous sur le suivi de comptes ou de personnes qui promeuvent une vision plus saine et plus diversifiée des corps. Associez l'exercice au plaisir et non à la punition : au lieu de faire de l'exercice pour compenser ce que vous avez mangé, considérez-le comme un moyen de vous sentir bien et de prendre soin de votre corps. Trouvez des activités qui vous plaisent et qui ne vous donnent pas l'impression de "payer" pour ce que vous avez mangé.

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